|
Ayrton Senna
El automovilismo
sólo reconoce tres tipos de capital de inversión:
el dinero inicial indispensable para cualquier carrera, la aptitud
técnica del candidato a futuro campeón y la voluntad
inquebrantable de tener éxito, que implica perseverancia,
dedicación, espíritu de sacrificio, garra, sabiduría
y, también, un poco de suerte. Todo esto marca la diferencia
entre un ganador y un fracasado.
Ayrton Senna
da Silva tuvo todo esto desde su más tierna infancia, como
él mismo reconocía: "Si
he llegado adonde estoy y he conseguido hacer todo lo que he hecho
se debe en gran parte a haber tenido, más que nada, la oportunidad
de crecer bien, en un buen ambiente familiar, de vivir bien, sin
problemas económicos, y de haber sido orientado hacia el
camino correcto en los momentos decisivos de mi vida".
Nacido el 21 de marzo de 1960 en el barrio de Santana, al norte
de S. Paulo, segundo hijo de D. Neyde Senna y de Milton da Silva,
el pequeño fue educado desde el principio en un ambiente
de gran ternura en una familia en la que el trabajo y los sacrificios
de papá Milton ya proporcionaban un nivel de vida por desgracia
desconocido para la abrumadora mayoría de familias brasileñas.
Propietario de una pequeña fábrica metalúrgica,
Milton consiguió construir un patrimonio razonable que incluía
una hacienda ganadera en Goiás, junto a su amigo Armando
Botelho. Desde su nacimiento, Ayrton tuvo la suerte de no ser el
primogénito (Viviane había nacido dos años
antes).
Con una hija y con un patrimonio cada vez más sólido,
Milton da Silva miraba a su pequeño Ayrton como un padre
mira a su primer hijo varón, con aquella ternura y orgullo
paternos que inculcan en el hijo todos sus deseos, algunos no satisfechos
en su adolescencia, otros inalcanzables ambiciones de adulto incluso
para un apasionado de la mecánica.
Ya pilotaba su primer coche a los cuatro años
D. Neyde recuerda cómo su hijo tenía dificultades
en la coordinación motriz para correr, andar y subir escaleras
cuando tenía tres o cuatro años. Pero ya le gustaban
los coches y por eso, a los cuatro años, Milton le regaló
un pequeño kart a su hijo.
"Cuando lo digo, nadie se cree que empecé a pilotar
a los cuatro años - recordaba Ayrton -. Mi padre tenía
una fabrica metalúrgica y por eso pudo conseguir un pequeño
kart exclusivo para mí, con un motor de un caballo de potencia.
Entonces yo ya conducía su coche, cuando él me sentaba
en su regazo para aparcarlo en el garaje de nuestra casa. Por otro
lado, me llevaba por las carreteras de los alrededores para que
entrenara con mi kart".
Eso le ayudó a despertar su pasión por los coches
y la mecánica.
A los siete años " ya era capaz de cambiar las marchas
de un jeep en nuestra hacienda en Dianópolis, en el estado
de Goiás, sin pisar el embrague", recordaba Milton da
Silva. Ese año se llevó su primer gran susto al volante.
Durante el carnaval, la familia se fue a la playa de Itanhaém,
en la costa sur de S. Paulo: 
"Ayrton cogió el coche de papá a escondidas -
explicaba su hermana Viviane -. Era una escena muy graciosa. Apenas
llegaba a los pedales y se asustó cuando le paró la
policía."
Sin embargo, Milton da Silva, si bien proporcionaba a sus hijos
una vida de ensueño para cualquier criatura brasileña,
con todos los mimos que su situación económica le
permitía, era igualmente exigente en el cumplimiento de las
responsabilidades infantiles. Primero estaba la escuela. Sólo
después se podía pensar en un fin de semana en la
hacienda, en la piscina, en jugar al fútbol y en correr con
el coche. Todo eso siempre que el rendimiento escolar fuera satisfactorio.
Milton fue un padre prodigio, austero y responsable, que supo transmitir
a los hijos el sentido de la responsabilidad y las obligaciones,
enseñándoles que al trabajo, el sacrificio y la honestidad
son las principales prioridades de la vida.
Por eso Ayrton aprendió pronto a dosificar el estudio, la
escuela y el placer, que para él eran, esencialmente, los
deportes acuáticos y, sobre todo, desde que tuvo su kart
a los cuatro años, correr en su bólido. Y no sólo
correr, sino también sacar el mayor rendimiento a su pequeño
motor y a sus ruedecitas, siempre experimentando y probando. El
kart era la recompensa a los resultados de sus estudios en la escuela
del barrio de Santana, donde todavía hoy es recordado como
un alumno aplicado. Además de su recompensa, el pequeño
coche era un desafío para mejorar, tanto él como la
mecánica...
Continuara
|